La revolución científica de la época moderna tiene su principal base en la profunda transformación operada en la cosmología conocida con el nombre de ‘revolución copernicana’ , debido a que las tesis heliocentristas contenidas en el De revolutionibus orbium coelestium de Copérnico se convertirían, aunque después de 40 años , en el principal detonador del gran proceso de cambio teórico que llegó a su consolidación entre finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, especialmente con Newton.
Aunque se trata de un largo y complejo proceso, como de hecho ocurre con toda revolución, algunas de cuyas raíces se extienden hasta la Antigüedad a través de la llamada Edad Media, y en el cual participan diversos autores, fenómenos y concepciones, en distintos grados y formas, no obstante podemos decir que uno de sus momentos determinantes es el que se da entre finales del siglo XVI y principios del XVII, y cuyas figuras esenciales serán directamente Giordano Bruno y Galileo Galilei, e indirectamente el cardenal Roberto Bellarmino.
De los tres, el más afamado y reconocido en nuestro tiempo es sin duda Galileo, tanto por sus indiscutibles méritos como por una manipulación paradigmática de la idea de ciencia que ha buscado descalificar aquello que considera está fuera de sus criterios; en cambio, Bruno y Bellarmino cargan con el peso de cuatrocientos años de antagonismos ideológicos en relación a sus figuras, expresados en la contradictoria polarización de las mismas, que van de mártir de la libertad intelectual a hereje obstinado e impenitente para el primero, y de santo defensor de la Iglesia católica y perverso Inquisidor para el segundo, representación en la que, además de su evidente carácter maniqueo, se presentan importantes lagunas de conocimiento y reconocimiento .
Cuando se penetra más a fondo en el asunto, por diversos motivos, campos y obras, hallamos aportaciones decisivas para la constitución de la ciencia moderna preparadas por Bruno, desarrolladas por Galileo e impulsadas por Bellarmino.
Si hacemos abstracción de las características y modalidades específicas de la ciencia moderna y buscamos los criterios comunes y generales, nos topamos ante todo con el hecho de que la ciencia es, junto con la filosofía y la tecnología, una de las modalidades del saber crítico y que, desde su nacimiento hasta el siglo XVIII, la filosofía y la ciencia como manifestaciones del mismo tienen desarrollos paralelos y con frecuencia indiferenciables.
Las notas distintivas del saber crítico que lo distinguen de las formas populares, mágicas, míticas, religiosas, artísticas y técnicas, pueden resumirse en tres determinantes del conocimiento y estructura del mismo: poder ser cuestionable (es decir, poder y deber cuestionar sistemática y rigurosamente todo lo que no se presente como fundamentado , lo que implica un rechazo intrínseco al dogmatismo); la necesidad de fundamento (la indispensable referencia a sus fuentes en la experiencia y la argumentación, así como a su mutua concatenación , que excluye arbitrariedad y contingencia en la conducción del conocimiento); y desarrollar explicaciones racionales y congruentes de los fenómenos (lo cual implica una concordancia con los fundamentos sujeta a un cuestionar apropiado).
La gran diferencia entre la filosofía y la ciencia radica en que ésta requiere de comprobación empírica y para aquélla su uso es aleatorio, radicando su función en la argumentación, por lo que es esencialmente especulativa; aunque a cambio de esta debilidad gnoseológica, la filosofía goza de mayor libertad.Ahora bien, la experiencia al igual que la argumentación y, en general, todas las características de las distintas formas de saber humano, contrariamente a lo que sostiene cierto tipo de concepción de la ciencia que pretende un sentido de universalidad y necesidad absolutas , son necesariamente históricas, tanto en el sentido de ser un producto humano, vinculado al nivel de desarrollo de su práctica, como en el de estar sujetas a cambios y desarrollos.
Sin embargo, dadas sus notas esenciales, tanto los cambios de contenidos concretos y mucho más aún los estructurales deben tener consistencia, esto es, deben estar en condición de resistir y responder a las cuestiones que se les opongan, adecuarse a los fundamentos o reajustar éstos y sostener la correspondencia en el conjunto de la explicación. Si esto es válido para los avances normales dentro de una estructura científica existente, lo es absolutamente en el caso de una revolución científica, en que desde sus bases epistemológicas hasta sus consecuencias sociales tienen que ser ajustadas.